Apuntes sobre «Tal vez, un día»

Una minuciosa reseña-crónica sobre el libro del español Jaume Segura publicado hace algunos meses en Bolivia

Coches circulando en una calle de La Habana / Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron

Desde la primera página, la novela Tal vez, un día de Jaume Segura Socias (Plural / Ediciones Miguel Sánchez, 2025) establece que todo relato es propio, porque da cuenta de una mirada diferente, única, incluso un ángulo de esa mirada, como el de una cámara que selecciona (y secciona) la realidad para hacerla subjetiva: “La Habana seguía evocándome la misma ciudad, pausada en el tiempo, inacabable, que poblaba los recuerdos de mi niñez, pero el punto de vista desde el que la contemplaba ahora era distinto, como una cámara emplazada en otro ángulo”. 

La Habana se establece desde el inicio como “el lugar de los hechos”, de todos los hechos, aunque estos sucedan en dos planos temporales distintos. “En el vestíbulo de la habitación, con vistas al Malecón, con el mar que quería traer la noche, casi de súbito, como únicamente aparece en el Caribe, me sentí irremisiblemente solo”. Descripciones como estas, a lo largo de la novela, tienen el poder de despertar los sentidos: uno huele la ciudad, siente el calor pegajoso, o la brisa del mar. No sé cómo lo leerá alguien que nunca estuvo allí, pero a mí se me abrieron los poros de la memoria. 

Es muy difícil escribir sobre Cuba en estos tiempos, porque cualquier propuesta literaria está contaminada por la política. Sin embargo, Jaume Segura logra establecer un equilibrio que el lector agradece. El novelista habla desde adentro con un conocimiento de causa que solo puede percibirse en quienes establecen empatía con el pueblo cubano. 

Aunque se trata de una primera novela (publicada primero en 2019), hay maestría en el lenguaje y en las expresiones literarias que abundan a lo largo de las 349 páginas. No pude resistirme a marcar muchas de esas expresiones, por ejemplo, cuando uno de los dos personajes principales (Miguel y Octavio), se refiere a su madre cubana que vivió en el exilio y a la melancolía que se instaló en ella “como una especie de arruga crónica en su corazón”. La imagen poética se impone casi siempre sobre la solemnidad de las descripciones, porque, como aquella peripatética del Hotel Nacional, el maquillaje “no podía ocultar cierta tristeza en el rostro”.

¿De qué va la novela y qué podemos decir de ella sin que adelantemos demasiado sobre su argumento? 

En pocas líneas, podemos resumir que esta es la historia de dos protagonistas masculinos cuyas vidas están entrelazadas por su raíz cubana. Todo aquí sucede en Cuba, y casi todo en La Habana. El universo de la novela y de los personajes está localizado en esta isla caribeña, calurosa y húmeda, en dos etapas de su historia: la que vive Octavio en los últimos tiempos de la dictadura de Batista y el triunfo de la revolución de Fidel Castro a principios de 1959, y la que vive Miguel medio siglo más tarde, cuando la revolución se encuentra en plena decadencia.

Pero se equivoca el lector si cree que esta es una novela histórica. El escenario es esencial, pero la novela narra sobre todo una saga familiar y una historia de amor –o diríamos, dos historias de amor– que se tejen creando expectativa en quien recorre sus páginas. No revelo mucho si, para fines de este comentario, establezco que Octavio es un militar que vive la transición de un país sometido a la dictadura de Batista hacia otro país que cree haber logrado su liberación, mientras que Miguel es un joven diplomático español, hijo de madre cubana, que está tratando de empaparse como esponja de la Cuba de sus antepasados. 

Las historias de ambos personajes (en primera persona en el caso de Miguel y en tercera en el caso de Octavio) están narradas con un gusto refinado por el lenguaje, haciendo literatura de lo que en el contexto de la novela es un relato testimonial no destinado a otros. Ese poder de la palabra, con sus imágenes sugerentes y sus descripciones elocuentes, hace que desde los primeros capítulos podamos situar con certeza a Cuba en los dos periodos mencionados, ambos marcados por cicatrices, tanto para el país como para los personajes en su vida más íntima. 

Hay quienes, por calificar el proceso político cubano y la revolución fallida, se dedican con fruición a denostar todo lo que tiene que ver con la isla, su población entera, sus ciudades y paisajes, sin haber puesto allí los pies ni una sola vez. A lo largo de la lectura de Tal vez, un día yo sentí una reivindicación del pueblo cubano y de la belleza de La Habana más allá de su condición tercermundista y de la decrepitud de algunos de sus barrios (como en cualquier otra ciudad latinoamericana: no nos hagamos los castos). Algo sé de esa isla gracias a una docena de visitas en diferentes periodos desde 1985, que me identifica con el tono de la novela cuando aborda la historia y la política desde la dignidad de los personajes. 

Quien haya vivido el atardecer en el malecón de la Habana no podrá dejar de sentirse representado en esta descripción: “Las olas rompían contra las rocas y el muro, cuyas piedras guardaban el recuerdo de un sol que se sumergía sumiso en el agua, aterciopelando de naranjas y morados el horizonte, con la pleitesía de unos solitarios botes, asegurándose un día más que nada había cambiado en sus inmensos dominios”. 

Es necesario haber estado ahí como el personaje de Miguel cuando después de 20 años de ausencia, aburrido por su trabajo como diplomático, observa: “…y me concentraba en lo que me parecía entonces el mayor espectáculo que ofrecía el país: mujeres y hombres, dando lecciones diarias de felicidad, a pesar de las adversidades”.

Si bien se trata de una ficción de principio a fin, el contexto histórico está cuidadosamente descrito y basado en hechos reales que se describen a través del personaje de Octavio, mientras que el relato de Miguel tiene un carácter más íntimo. No necesita explicarlo el autor al final del libro (pero lo hace): esta no es una novela autobiográfica y, sin embargo, los hechos históricos han sido escrupulosamente investigados y verificados. 

Los apuntes del personaje de Miguel sobre su incipiente carrera diplomática, y lo que observa a su alrededor –una fauna arrogante, y, por lo general, poco eficiente– son agudos, pero tratándose de una novela y no de un ensayo, quizás no lo suficiente como para que diplomáticos de carrera se sientan aludidos. A mí me recordó la vida fácil que se recetó –por ejemplo– el poeta Neruda, “trabajando” (es un decir) a lo largo de su vida como cónsul de gobiernos de diferente sesgo ideológico. Nunca se puede generalizar, por supuesto, porque en todo gremio los hay de todos los tamaños y colores. 

“El perro es del Estado”, responde el embajador de España cuando Miguel, su subalterno, cuestiona que la embajada tenga que pagar el costo de mantener a “Fofito”, un golden retriever de propiedad del jefe de misión. Esa anécdota, por pequeña que pueda parecer, simboliza la corrupción que suele acontecer en las misiones diplomáticas y en cualquier posición de poder donde el abuso de los bienes públicos es una práctica común. 

Otro cuadro igualmente corrosivo es el que describe con humor, la escena en que el cónsul español se presenta en una recepción de la embajada, visiblemente ebrio y acompañado por una mulata muy joven, “vestida con una minifalda de piel granate, que apenas cubría un cinco por ciento de su muslamen…”. La descripción se extiende sobre un párrafo entero y no tiene pierde, es sabrosa. 

El contexto histórico es más reconocible en los capítulos referidos a Octavio que en aquellos donde escuchamos la voz interior de Miguel, pero podemos deducir que la estadía del joven diplomático español en La Habana tiene lugar a mediados de la segunda década de este siglo, ya que en algún momento menciona el uso de WhatsApp. 

La vida cotidiana de Miguel en La Habana está marcada por los compases de las canciones que escucha, o que recuerda, de modo que ya prevenido, al leer el libro me dediqué a buscar en Internet esas canciones y escucharlas al mismo ritmo con que el autor las mencionaba. Eso me permitió acompañar a Miguel en su viaje narrativo, como cómplice, a veces, pero también identificado con el personaje, sobre todo en la primera etapa de su llegada a Cuba, que me recordó mis solitarios aterrizajes en Nigeria o Haití, cuando ejercía puestos internacionales. 

La música no es únicamente anecdótica en la novela, sino que es parte del relato. De Are you with me, de Easton Corbin a Ojos color sol, de Calle 13, hay una gama muy variada de música que representa los estados de ánimo del personaje, y eso es algo contagioso para el lector. Aparte de la música, hay muchas referencias culturales sembradas en el recorrido de la novela (Tarantino, Philip Roth o Black Mirror), pero no necesariamente imprescindibles. Por ejemplo, si Miguel se siente “como Bill Murray en Tokio”, algunos identificarán que se refiere a la película Lost in translation (2003), pero no es necesario saberlo para entender la trama. 

¿Qué es lo central en esta novela? Sin duda alguna, la historia de los dos protagonistas atribulados por relaciones amorosas apasionadas, amores que comienzan por la piel y terminan en el nervio central del corazón, pero también el desarrollo de la historia familiar marcada a su vez por los episodios políticos de Cuba. Entonces, podríamos decir que es una novela de amor, un relato de familia, y también una historia de Cuba en un periodo crucial que ocupa más de medio siglo. 

Estoy tentado a decir más del argumento, por ejemplo, el viaje a Santiago de Cuba y las revelaciones de Rosa a Miguel, pero no quiero quitarle al futuro lector la posibilidad de descubrir la trama como en una novela de suspenso. La desazón de Octavio frente a la escultural Adriana, esposa, del embajador mexicano, se parece a la de Miguel frente a Rosa. Ambos han quedado enamorados sin quererlo. Gracias a Adriana y a Rosa, Octavio y Miguel, descubren en sí mismos algo que estaba relegado en un rincón. La severidad militar de Octavio se transforma en ternura, mientras que Miguel descubre su propia vulnerabilidad. En los amores que comienzan es tan importante el deseo como el misterio. Y cuando esos amores envejecen es generalmente porque se pierde primero el misterio y luego el deseo. 

El personaje de Miguel a veces quisiera adoptar una posición moralista (cuando de su familia se trata), pero no es verosímil, ya que en su propia vida muestra desapego por las convenciones sociales y morales, como cualquier hombre de la isla. Se debate constantemente entre sus genes españoles y cubanos: “…llegué a la conclusión de que me faltaba un músculo o me sobraba un hueso para el baile, a pesar de mi sangre cubana”. Octavio no es menos conservador, ya que arrastra una culpa cristiana que parece luchar contra la libertad descubierta en sus encuentros con Adriana.

Al leer los dos relatos en paralelo, por momentos el lector es asaltado por una duda que resulta angustiosa para quienes, en la década de 1960 o 1970, sintieron que su solidaridad con la revolución cubana no estaba en discusión. Esa pregunta que surge de la lectura es: ¿En qué medida ha cambiado la vida cotidiana de los cubanos antes y después de 1959? 

El autor conoce Cuba muy bien, y no la pinta ni como un paraíso, ni como un infierno, sino como un pueblo con las dificultades de todos los pueblos del sur. Como su mirada está centrada en la gente, los apuntes sobre la política se encargan de diluir el mito o leyenda urbana, de que los cubanos respiran ideología desde que despiertan hasta que se acuestan, desde que nacen hasta que mueren. No, por suerte hay otras cosas. Y por ello, los breves esbozos sobre la situación política son lacónicos o humorísticos, como cuando imagina a un miserable funcionario del gobierno que tiene la infortunada tarea de redactar los eslogan revolucionarios: “lo imaginé en su despacho gris, lleno de pósters y consignas, ideados por sus antecesores, rebanándose los sesos para complacer a sus superiores, pero con el corazón repleto de miedos e incertidumbres, a no dar la talla o a un exceso de consecuencia revolucionaria que lo hiciera caer en desgracia”. 

Lo cierto es que entre lo narrado por Octavio en 1958 y lo narrado por Miguel, hay casi sesenta años de contradicciones, de avances y retrocesos, que no pueden ser de ningún modo etiquetados con una sola palabra. Desde el punto de vista de la sociedad, Miguel llega a un país transformado, no necesariamente para bien, pero entre ambos relatos hay una suerte de vacío que no conecta las dos experiencias, aunque poco a poco esa relación se desvela mientras avanza la novela y se revela el vínculo entre ambos personajes. 

Los dos protagonistas masculinos tienen en común más que la sangre: ambos viven con más de seis décadas de distancia la misma sensación de estar fuera de lugar, offside, de no haberse integrado al juego del momento histórico que les tocó vivir en la misma ciudad, en las mismas calles, ambos en periodos de transición política, ambos sumidos en amores borrascosos.

Hacia el final, las páginas sobre el encuentro de Octavio con los barbudos desaliñados (Camilo y el Che) contienen descripciones deliciosas, y los apuntes sobre la conversión histórica de las fuerzas armadas de la dictadura de Batista, en las nuevas fuerzas armadas de la revolución, con el apoyo de algunos oficiales antes marginados por la dictadura, y de los barbudos improvisados como nuevos mandos militares, son reveladoras. Con objetividad que lo enaltece, el narrador evita caer en los clichés, ya sea de los defensores acérrimos, como de los detractores rabiosos.

Este lector se declara rendido ante la historia de amor entre Octavio y Adriana, incluso más que aquella fugaz y apasionada relación entre Miguel y Rosa. Como suele suceder en la difícil traslación de la literatura al cine, probablemente Adriana sería muy difícil de representar en una película. En la novela, sin embargo, es un personaje maravilloso por su independencia, por su pasión, ni qué decir por su belleza, aunque todo eso sea un constructo de nuestra imaginación a partir de lo que quiere contarnos el autor de la novela. “Adriana de repente se quitó el sombrero. Lo hizo de tal manera que Octavio le pareció que se desnudaba. Cerrando los ojos y ladeando la cabeza hacia atrás, liberó su hechizante melena, y Octavio se creyó completamente perdido”. Tanto como los lectores, me permito añadir. 

El título del libro se revela más allá de la mitad de la novela, cuando el personaje encuentra en Santiago de Cuba, en la antigua casa familiar, una caja de metal con fotos, llaves, dos paquetes de cartas (unas en papel amarillo y otras en papel azul), y un libro de Albert Camus con una dedicatoria sugerente: Peut-être un jour. Para entonces, el lector minucioso, había seguido ya la pista de la relación secreta entre Octavio y Adriana, pero para el lector que lea estas líneas, dejaré también como pistas misteriosas, la mención de esa caja que ocupa un lugar central en el argumento. 

La novela misma está sembrada de misterios que los personajes manejan con la vacilación de una granada de fragmentación entre sus manos. Pero al final son secretos que se abrazan, que completan la historia. Aposta, he sembrado de pistas e interrogantes estos apuntes, para no decir demasiado a los potenciales lectores y decir mucho más a los que ya leyeron la novela. Mantener el equilibrio entre decir poco y decir demasiado es siempre un desafío de quienes escribimos sobre un libro o sobre una película, pero al menos espero que estas páginas despierten algo de curiosidad: “más que una nostalgia por el tiempo pasado, ese pasmo con uno mismo, que nace a partir de cierta edad, por todo lo que se ha vivido”.

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1 comentario en “Apuntes sobre «Tal vez, un día»”

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