A sus 92 años, Mario Frías presentó su traducción de «Apología de Sócrates». Filólogo boliviano, dedicó su vida a traducir clásicos al castellano americano. Docente, académico y periodista, recibió múltiples premios y mantiene un legado de modestia y servicio.

Mirna Quezada Siles
La presentación de su traducción al castellano de Apología de Sócrates volvió a situar a Mario Frías Infante en el centro del ámbito cultural boliviano. A sus 92 años, el filólogo y traductor mantiene vigente una obra que dialoga con los clásicos y con nuevas generaciones de lectores.
No es usual que un muchacho de 18 años decida estudiar latín y griego antiguos y desee leer todos los textos de filosofía que pudiera encontrar. Y que, años después, deseara traducir varios de ellos al castellano, para darles una “versión latinoamericana, no ibérica”. Eso es lo que hizo Frías a principios de los años 50 del siglo pasado.
Siete décadas después, la marcha sigue: Frías acaba de presentar en Santa Cruz la mencionada traducción de la obra de Platón, Apología de Sócrates y con ello reunió su voz otra vez con la de sus lectores.
“Él continúa hablando con los filósofos”, dijo su hija Marisol y esa frase deja de ser metáfora cuando su obra sigue siendo leída y compartida.
Cuando lo entrevisté recientemente y en las muchas conversaciones que he tenido con él nunca he encontrado gestos grandilocuentes o estridentes, sino sobriedad y la claridad de quien encontró en su hogar, en el estudio y en la palabra una forma de servir y de ser feliz. Ni ser bisnieto de alguien que fue presidente ni todos los reconocimientos que ha obtenido hacen mella en su modestia.
Nacido en La Paz en 1934, Frías creció en una casona situada en la calle Yanacocha esquina Mercado, un espacio cargado de historia familiar. Aquella casa cobijó a sus antepasados –desde su abuelo Carlos Frías Ballivián a fines del siglo XIX– hasta fines de los años 1940, cuando se transformó en el actual edificio Asbún; la casona permanece en su memoria como un lugar vivo, amplio, luminoso, lleno de rincones donde “encontraba libertad” en su niñez.
“Allí pasé los primeros años de mi niñez disfrutando de los amplios espacios llenos de sol”, recuerda. Junto a su hermano Emilio, primos y amigos, los días transcurrían entre juegos y una sensación de tiempo sin apuro. Pero si hay recuerdos que adquieren un tono casi entrañable, son los de las vacaciones en la finca Yupampa, colindante con Mecapaca en la zona de Río Abajo de La Paz. Ese “lugar paradisíaco” le ofrecía el contacto con sus paisajes y su calma.
Su formación escolar comenzó en el colegio San Calixto. En esa etapa inicial, la figura de su madre, María Angélica Infante, fue determinante. Ella, que había ejercido la docencia antes de casarse, acompañó su aprendizaje y sembró algo más profundo: “No solo fomentó en mí la lectura, sino que hizo que la disfrutara”, afirmó.
Ya en la secundaria, otro encuentro marcaría su destino porque un profesor de lenguaje, un español de apellido Binaisa, despertó en él el gusto por la escritura. A través de ejercicios de composición libre, Frías comenzó a explorar ideas, narrar hechos y dar forma a pequeñas historias. También escribió cuentos que su profesor destacaba. “Diría que este pequeño hecho definió mi interés por las letras”, señala, subrayando la importancia de los estímulos durante la niñez.
Su camino lo llevó posteriormente a Córdoba, Argentina, donde se formó en el Instituto de Estudios Clásicos Grecorromanos. Fue allí donde encontró su vocación y el contacto con las obras clásicas fue profundamente reveladora, contó. Descubrió en ellas valores universales y atemporales, capaces de “llegar a la esencia misma del ser humano”. Esa fascinación lo impulsó a ir más allá de las exigencias formales y a proponerse dominar el griego antiguo y el latín para acceder a los textos en su lengua original.
Más adelante, en 1969, realizó un posgrado en Lingüística Española en la Asociación de Lingüística y Filología de América Latina (ALFAL), en México.
Legado, palabra y servicio
Desde muy joven, Frías sintió orgullo por ser bisnieto de Tomás Frías Ametller, a quien describe como un “gran patricio boliviano” que sirvió al país con entereza y generosidad. Pero más allá del orgullo, ese vínculo le dejó una enseñanza de que la vida debe tener algún sentido trascendente.
Inspirado por ese ejemplo, asumió como ideario la tarea ya mencionada, la de traducir al “castellano americano” obras fundamentales de la tradición clásica. Así, obras de Homero, Sófocles, Platón, Cicerón y Horacio forman parte de ese esfuerzo. Se trataba de traducir y acercar esos textos a un estilo que resultara cercana al lector latinoamericano. Él había advertido que muchas versiones disponibles estaban escritas en un español peninsular, “en muchos casos ya antiguo”, distante de nuestra sensibilidad.
Su labor como traductor lo condujo también al campo de la investigación filológica. Se dedicó a la transcripción y comparación de manuscritos griegos conservados en la Biblioteca Nacional de España y en la de El Escorial, documentos que datan de los siglos XVI y XVII y que, a su vez, son copias de códices de la Alta Edad Media. Ese trabajo, minucioso y exigente, encontró una de sus expresiones en la reciente publicación del libro Apología de Sócrates.
Con cada traducción finalizada, Frías “sentía una gran satisfacción”. Era el cierre de un proceso arduo, pero también la confirmación de haber tendido un puente entre el pasado y el presente.
En el ámbito de la docencia su aporte fue igualmente significativo. Enseñó lenguaje en colegios de La Paz así como en las universidades UMSA y Católica. Sus obras de gramática estructural se convirtieron en libros de uso común para toda una generación de estudiantes.
Su ingreso a la Academia Boliviana de la Lengua en 1978 marcó otro hito. Su discurso versó sobre la conferencia de Franz Tamayo, “Horacio y el arte lírico”, reflejando su conexión con la tradición clásica. Desde la Academia participó activamente en proyectos de alcance internacional, especialmente en la elaboración de la nueva gramática y la ortografía junto a la Asociación de Academias de la Lengua Española. Dirigió la institución en dos gestiones y fue reconocido como miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española en 1987.
Aunque no tuvo formación académica en periodismo, ejerció esa labor con solvencia. En medios como Última Hora, La Razón, La Prensa, Pulso y Presencia realizó tareas de codirección, redacción de editoriales, corrección de textos y capacitación de periodistas. Sus editoriales, atildados, pero firmes, generaban polémica e influían en la sociedad, lo que, dijo, le causa ahora gratos recuerdos.
Distinciones
Entre muchos premios, él mismo destaca los que recibió en 2006, como docente y formador, de parte de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UMSA; en 2009, el Premio a la Cultura, del Club de La Paz; en 2010, el reconocimiento por su obra literaria del Comité Departamental de Clubes del Libro; en 2012, por su aporte a la cultura, el Premio al Mérito Cultural del Banco BISA; en 2023, a su “trayectoria intelectual, académica y cultural”, por parte de la UCB; y en 2025, por su “valioso aporte a la literatura y cultura boliviana”, la filial de Santa Cruz de la Sociedad de Escritores de Bolivia lo nombró “socio honorífico”.
Entre los premios internacionales, en 2015, en el marco del 130 aniversario de creación de la Academia Chilena de la Lengua, recibió en Santiago la prestigiosa medalla al mérito Gabriela Mistral y en 2016 el Reino de España le otorgó la Orden Civil de Isabel la Católica “en atención a sus numerosos méritos”.
En el ámbito familiar, supo ser cariñoso y cercano, sin olvidar la necesidad de educar sobre el buen uso del lenguaje y el apego a la cultura. A su lado, su esposa Carmen Lara es pilar y compañera de vida y junto a sus hijas, Marisol (formada en comunicación social) y Marcela (especializada en publicidad y marketing), ha formado un hogar feliz.
“Mi papá ve su carrera con satisfacción y modestia”, dijo Marisol cuando la entrevisté. No hay duda de ello. Y si su legado tuviera que resumirse en una sola frase, es su propia familia quien lo expresa con claridad y cariño: “el buen nombre”, un nombre que permanece y sigue acompañando.
Mirna Quezada es periodista y comunicadora social.



