Contemplar la herida

Con “este breve pero intenso poemario, se confirma el crecimiento de una voz de notable sensibilidad dentro de la poesía boliviana contemporánea”, señala el autor de este texto sobre Valeria Sandi.

Gabriel Chávez Casazola / Astrolabio

En su reciente libro Contemplar la herida, publicado por Plural Editores, la poeta cruceña Valeria Sandi escribe desde ese territorio donde la memoria, el deseo y la pérdida aprenden a hablar una lengua común. Sus poemas avanzan con la respiración contenida de quien sabe que toda evocación es también una forma del desgarro.

Este libro está atravesado por una geografía sentimental hecha de estaciones, hoteles, calles, aeropuertos y ciudades que persisten como brasas en la memoria: Buenos Aires, Montevideo, Madrid, La Paz, San Cristóbal de las Casas… Pero esos lugares son ante todo estados del alma, escenarios donde el amor y la pérdida dialogan con una delicadeza que nunca cae en el énfasis. 

Sus imágenes no buscan el artificio ni la ornamentación gratuita: emergen como astillas de una intimidad atravesada por las despedidas, los viajes, las ausencias y los nombres que continúan ardiendo aún después del silencio. “La mirada / se deshoja / en el poema / en busca del nido”, escribe la autora en uno de los textos iniciales, y acaso allí esté cifrada la naturaleza de este libro: una búsqueda de refugio en medio de la intemperie afectiva y del temblor de la(s) memoria(s). 

En varios poemas aparece la conciencia de que recordar es una forma de permanecer herido, y que el duelo puede convertirse también en una manera de alumbrar el mundo. “Siempre me quema y alumbra / en partes iguales / la despedida”, leemos hacia el final del libro, en unos versos que condensan la temperatura emocional de toda esta obra. 

Hay ecos de Olga Orozco, de Idea Vilariño y de las poéticas de la intemperie y la confesión, pero Valeria Sandi encuentra una voz propia en la forma en que convierte la fragilidad en persistencia, el amor en territorio de contemplación y la herida en una lámpara secreta. 

Y es que la poesía de Valeria Sandi –quien además es una destacada e infatigable gestora cultural y formadora de lectores de todas las edades– posee la rara virtud de la contención: dice mucho con muy pocos elementos, dejando que el vacío, las pausas y el silencio respiren entre los versos como parte esencial de la emoción poética.

Así, página tras página de este breve pero intenso poemario, se confirma el crecimiento de una voz de notable sensibilidad dentro de la poesía boliviana contemporánea: una escritura capaz de transformar el dolor en música, la ausencia en resonancia y el recuerdo en una forma de resistencia interior.

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